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Cine

Nubes dispersas

16ª Semana de cine japonés
26/6/2018, a las 21:00
Casa de Colón
Colón, 1
Las Palmas de Gran Canaria

Midaregumo. 1967. Color. V.O.S.E. 108’

Dirección: Mikio Naruse.
Guion: Nobuo Yamada.
Fotografía: Yuzuru Aizawa.
Dirección artística: Satoshi Y?kichi.
Música: T?ru Takemitsu.
Productora: Toho.
Intérpretes: Y?z? Kayama, Y?ko Tsukasa, Mitsuko Kusabue, Mitsuko Mori, Mie Hama, Daisuke Kat?

Yumiko, una joven casada, está embarazada por primera vez. Su marido Hiroshi, que trabaja en el Ministerio de Comercio e Industria, ha subido de categoría y tiene un nuevo destino en Washington. La felicidad de la pareja se derrumba súbitamente cuando Hiroshi muere atropellado en un accidente de tráfico. El conductor del coche, Shiro Mishima, es declarado inocente, pero su conciencia le atormenta y decide ofrecer ayuda a Yumiko pagándole una suma en concepto de indemnización. Movida por el odio, ésta la rechaza y decide abortar, mientras Mishima se hunde cada vez más en la soledad y los remordimientos.

Mikio Naruse puso punto final a una filmografía de más de noventa títulos con esta cinta sobre la imposibilidad de amor, cuya factura resume buena parte de las obsesiones que marcaron su producción desde sus inicios en el cine mudo. El aroma crepuscular que inunda la atmósfera de este filme no se traduce, sin embargo, en una mera exhibición de figuras y temas más o menos identificables con la poética de su autor: esas imágenes del pasado que atraviesan el flujo del ahora bajo el filo de recuerdos punzantes e inesperados, los contra-planos que desnudan el alma de los personajes despojándolos de toda máscara, los objetos que irrumpen en la escena tensionando y dando forma a las emociones contenidas... Nada más lejos, se diría que la presencia memorable de estos elementos en pantalla es concebida por Naruse desde esa conciencia de inmediata desaparición que nace de la certeza de estar viviendo ya en un mundo distinto al que les dio origen. De ahí que todos ellos permanezcan, ya no sobreexponiéndose a la atención del espectador mediante el expresionismo juvenil de Lejos de ti (1933) o el desgarro posbélico de Nubes flotantes (1955), sino difuminándose en una puesta en escena tan manierista como autorreferencial. Nubes dispersas se constituye así en una suerte de epílogo a cuatro décadas de cine japonés escrito desde esa distancia, la de la madurez en el final de la vida, que sólo puede conceder el paso irrefrenable del tiempo.